Schhh!, calla.
Mucho mejor que no digas nada.
Y sí que importó, pero ya no importa.
Schhh!, calla.
Mucho mejor que no digas nada.
Mucho mejor que nadie diga nada.
Duendecilla cobarde de su color.
Duendecilla cobarde de su color.
Echo de menos cuando mi padre, grande por fuera y por dentro, me contaba cuentos para dormir con esa voz tan plácida y cuando incluso, me dibujaba láminas que yo luego pintaba. Me acuerdo cuando me leía cuentos de Gloria Fuertes, y de cuándo yo, niña inocente, lloraba al escuchar cómo el pingüino Marcelino se despedía de Coleta; y de cada instante partidos de risa con el Diccionario Estrafalario. Me acuerdo de cada obra de teatro, ballet o musical que hemos visto juntos en el Calderón. Y tengo un remusguillo gustoso en el estómago cuando me acuerdo de la sensación de los muchos viernes por la noche cuando sacaba los vinilos y escuchábamos y leíamos Los Gavilanes...Cuando algún rato nos emocionamos juntos leyendo poesía, cuando nos picamos los domingos para decidir cuál es el mejor artículo de opinión de todos (donde esté Millás...); cuando nos decimos cuánto nos ha gustado tal o cuál libro o película y hasta que el otro no se pone a ello, no paramos; cuando se pone pesado con el francés de su alma; cuando me pongo plasta con la corrección o validez de algunas cosas... Y sobretodo, echo de menos cuando escuchábamos juntos a Sabina y los dos terminábamos cantando a gritos... o por lo menos yo.