viernes, 30 de marzo de 2007

No sé muy bien.

Minutos que duraron siglos. Aún no sé muy bien lo que era. Añil y frío. Obvio y oculto. No quiso contármelo, tampoco pregunté. Alas oxidadas y un deseo que no me dijo.

Nunca se cansa de abrazarlas diminutas mientras espera quieta, en el mismo lugar, un barco que no aparece. Tal vez más pálida, tal vez más vieja, con las alas herrumbrosas, errantes y erróneas a última hora de la tarde, guardando bajo llave eses deseo que no me dijo.

Sopla silbidos al viento
contando plumas plateadas que la acarician los ecos.

*
**
***
Duenda.

4 comentarios:

Capitana de los vientos dijo...

Yo tampoco...jajaja
pero gracias de todos modos.
Literatura para tontos detrás del teclado, a distancia.

Me recuerda un poco a una que esperaba En el muelle de San Blas; no sé, me la he imaginado con un cierto parecido.
Enraizada, anclada al suelo. Entretenida esperó...esperaba y sigue esperando. Juega con las manos, a ratos, imaginando que abraza el viento, moviendo el tiempo a su gusto, dando forma al futuro...con las manos.
De noche alzan el vuelo seguro...y juega con las estrellas a dar abrazos, se entretiene con sus guiños,las acuna,las mima,las acaricia... con las manos.
Ternura y sensibilidad con el alma de hierro aleado!!!

...eso y más pero no sigo que me pongo pesada.jajaja

Tarde en busca de Ángel González & compani. Probablemente Compras y lo más seguro Marvi. Te vienes? jajajaja

Virus inalámbrico...muy muy peligroso,ya sabes.

MUAAAAAAAAAAAA!!!!!

Duenda. dijo...

Capi: No sé por qué me agradeces, yo sólo he lanzado una historia... al viento. Para que la recoja todo el que quiera. De momento, sólo vas tú. A ver quién más se apunta.

Eso, eso. Ángel González y compañía. Virus, VIRUS. Hay que buscar un antibiótico muy rápido.

BesO!
Duenda.

pindongo dijo...

"Nunca se cansa de abrazarlas diminutas..."

Me encantó este pedazo.
PD:Te sigo visitando...

Tembetá dijo...

Pues en su quietud quizás haya sentimiento desgarrado, ansias furiosas de alcanzar estrellas, vientos, futuro.
Y sabrá que no puede, su rictus impasible es máscara (h)errada sobre piel que late calor.

Porque no hay hierro que permanezca firme ante el mimo cálido, y la que sabe de materiales lo sabrá mejor que yo.

Desgraciadamente, el alma que permanece es contraria al hierro que la contiene, y él, orgulloso, no permite inquietud ni expresión. Se queda en su comodidad estática de no ver más allá de sus narices.

Pobrecilla, que ansía y ni siquiera puede contártelo, Duenda, tú que pasaste un día frente a ella y miraste sus yemas anhelantes.