El día que no me supe tu nombre con los ojos, con la voz, con las manos templaste el aire. Como harías siempre luego cuando el mundo y las cosas se r-e-v-u-e-l-v-e-n en el vaivén de lo que pasa. El día que no me supe tu nombre, tu nombre se hizo en el aquí y en el ahora de lo que sin duda nos existe: cielos que se habitan, distancias que salvas (con no poco sacrificio), lo que callas, lo que acallas, lo que encallas en las calles interiores de tu casa. La puerta abierta. La vida que espera alerta, atenta. La lluvia para el sol entre la nieve. El día aquel que no supe nombrarte aprendí de nuevo palabras empolvadas: casualidad, coincidencia, el amor a los amigos, la paz después de tantas guerras. Tu nombre es paradoja porque contigo no hay tu nombre. Insignificante pilar que sostiene barricadas de otras luchas, que aprieta corazones en las tripas, que reza a-dioses que ni siquiera ha contemplado todavía. El día que no me supe tu nombre resultó ser, únicamente, el principio de todo.
Necesitaba decantar para poder decir. Ya llego. (Por orden de aparición)
Cayón. Noelia, Pepper, Vane y Tamara. Y la casa verde. El Lope. Reinosa. Y otra vez Tamara, y Raúl y la lluvia siempre entre trenes. Ana. Sara. Pili y Santiago y mi suerte. Alberto que para siempre Drú. Nuria que para siempre Nuria, y la casa búnker. Carmen que para siempre Sú, y la sopa y la poesía y los amigos a los que se ama. Begoña y el té en la casa de quiénviveahí. Luisgre y Vicky y el resto. El almacén. El chocolate con picatostes. Hidra y su familia. Chus. Jesús. Los del Pepe. María y su tribu. Los martes de chicas. El calimocho y las ibres en terrazas bajo cero. El Palique y Replicantes. La Casona y sus cosas, también. Fontibre y la primera vez con Bea. Fuentebro. Campóo y las marzas y las ollas. Delia y el miedo más nítido que nunca. Lo que no y los que no, claro. El Montesclaros y los polluelos que luego volarían. La primera cana. Los treinta allí sin él y sin ellos. El suelo de madera que crujía. Las notas en el felpudo con platos de cosas ricas los domingos al llegar. Leyre y sus mimos. Simón y sus ¡no! y sus siestas en mi coche entre badenes que acunaban. Eloy y sus historias interminables mientras todo. Querer quedarme para siempre para, luego, querer irme para siempre. Torre. Y un curso para borrar de la memoria y limpiarse bien bien los zapatos, salvo por Chime, Mónica, Iñaki y Bea y Gema y otros nombres y otros polluelos. Un clínex con un mensaje escondido durante el último claustro. El tango. Buelna. Y luego el María Telo y los muros y los no lazos que se convertirían en hilos libres para siempre. Nuria y todo, Vane y Galicia dentro, Silvia (primaaa), Marta, Sheila y Roma. Y Alicia que para siempre Gopegui. Cóo y el Alquimia. Y los armarios llenos de galletas. La bondad infinita de Rosalía. El paseo por las pistas con Miguel. La confianza en mis opciones de Pilar. La risa de Chelo. Y lo que molan los de mate. Los ojos de Juan, las risas serias con Carmen, Emma y la bruja Lola. Y Carmencita y apadrinauninterinoprimerizocomohicieroncontigo. Y más polluelos que volarían. Las noches sin dormir, los días sin horas, las playas nunca pisadas porque había que estudiárselo todo para conseguirlo de una maldita vez. Y los cientos y miles de kilómetros recorridos siempre de ida y vuelta. Y aquí estoy. Resumiendo desde 2015. Tratando de abarcar aquí que soy un poco cántabra para siempre, que tengo la fuerza del viento del norte y esa bravura que viene del mar. Gracias por hacerme crecer. Gracias por haberme ayudado a que consiguiera volver a casa y, ¡qué coño!, por la puerta grande. Vuestra,
La ternura de tus manos en las mías, la luz que guiña lo que miro, las amapolas que danzan con la tierra, el parque donde lloro algunas veces. Corazones de manzana que se muerden, cobijo en otros ojos que tampoco cuentan mucho, las ganas de que todo sea distinto, las ganas de que nada cambie nunca. El amor recién hecho en nuestra mesa, pulsómetros que resten intemperies, abrazos con el alma en el abismo, canciones con cerveza que marquen el principio del verano. Que el hogar sea otra cosa que la casa, que "había una vez" no sirva sólo para empezar los cuentos, que las hadas se queden cuando pasen las doce, que los nombres escogidos nos habiten.
Saltan chispas desde el cielo de la casa. Una lluvia de luces de colores inunda el pensamiento de la niña que mira absorta cómo es el mismo mar de todos los veranos. Heridas en las manos por trepar un arco-iris-ado con los pies descalzos. Piteras en las entrañas de explotar -siempre hacia adentro: búm, y jardines para todos-. Su hermana sube. Se sienta a su lado. Gozan en silencio simultáneo con el amor de sangre y fuego(s) que las une. De haber sabido qué iba a ocurrir luego, se habrían abrazado más, piensa la niña. Muchas veces. Todas las veces. Cada vez.
Como cada vez se frota las manos la niña tratando de sentir, ahora, aquellas noches rojas, azules y tierra de doce años, donde todo era mediterráneamente cálido, donde la luz, de tanto ruido, se volvía sorda.
Se enfrentan, surgen, cortan flores, curten silencios, curan conciencias, lavan heridas muy calladas, limpian fangos de otras veces, honran armas de construcción masiva de familias que son y serán siempre y en todas partes, acaparan tesoros que abrirán, irremediablemente, otros más tarde, se ciernen y aletean, cantan con las yemas en las mejillas, salen hacia, se conocen - y se reconocen -.
Suave es el legado que dejan en la boca, ronco es el de los ojos que no entienden, que no duermen, que no nada(n) porque gritan las ausencias.
¿Es que, acaso, hay, en algún mapa, ausencias que no son prematuras?
Cuentan años, cuentan vidas (cuántas), llevan en volandas hasta arrecifes desde tierra seca, hasta trenes que anuncian sólo viajes de llegada, hasta cuencos de agua con uvas recién cortadas.
Para anidar ha de haber nido. La culpa no es cálida, uno no se acurruca en la culpa. La culpa es el pájaro caído del nido y alimentado amorosamente por la mano que acunará primero para después dolerse, quizá, seguro, con gratitud. A lo mejor también con alegría. ¿Por qué un camino en el que creer y que nos salve? ¿En qué? ¿De qué? ¿Para qué un nido del que volar? ¿Para qué un camino si el viaje es a ninguna parte? La culpa siempre. Y el dolor, dolor es. Saber para dolerse. Para no dolerse si nos duelen. Para aprender a coserse al/del dolor que no se irá. Saber para elegir dónde anidar. Ya queda menos. Sostente. Quizá arrimen su hombro al tuyo. Ya no queda casi, ya verás. En todos los corazones anida la culpa. No la acurruques. Vuela.
Agua, agua quiero que nace. Mientras, lluvia en los cristales deshaciendo los dolores de otras lluvias. Rocíos usados. Otras veces, para las mismas cosas. Agua, dame agua, pide el aire. Gota a gota, una, sola, en el recuerdo de lo amargo que no sabe. Agua, grita el agua, la cordura. Nieblas que acaparan los compases que dibujan líneas rectas hacia mares-boca, tan familiares que no entiendo. Agua, grita la niña del espejo. Niña. Ta. Ta. Ta. Rá. ¡Agua! Los papeles mojados, las vidas ajenas, la cabeza fría, la casa vacía, las maletas siempre abiertas. Agua que no sacia el miedo. Agua que no limpia. Agua, agua quiero, agua. Las manos de agua para tocar, con delizadeza, nuestro pán-ico de cada día.
Dios está descalzo, pensaba cuando era niña. Los tambores resonaban en las tripas mientras mi madre me peinaba. Era un gusto. Con zapatos de charol recién limpiados, iba dispuesta a batir mi palma que aún olía a fresco. Yo no entendía por qué había que batir palmas. Ni por qué se portaban a los hombros cruces de madera en señal de penitencia. Yo, entonces, no entendía muchas cosas. Ahora quizá tampoco. Pero me gustaba el olor a incienso, y las velas derritiéndose sobre el asfalto. Eran días de misterio y últimos fríos. Eran días familiares. Pensaba, también, que todo eso que sentía, al calor de los míos, era la felicidad. Hoy sé, que, sin duda, era de las cosas más cercanas a ella.
Aquí estoy. Llena de instinto y cuentos: uno, dos, tres, cuarenta y mil -que decía de pequeña, me cuenta siempre mi madre-. Agarraos fuerte. Aparezco para escapar: siempre fui muy hábil escurriéndome entre los dedos de las manos bien abiertas. Cuántas cosas, cuánto tiempo. Hoy es un día que celebro. Especialmente desde este exilio circunstancial, desde este Norte sin norte, desde esta tierra embrujada que ya adorodio para siempre. Celebro la vida, el amor, las mujeres a las que quiero, las mujeres a las que amo. Os celebro. Llenas, vosotras, de gracia, en este mundo que parece que se apaga. Luz sois. Desde Emilia, y, también desde Carmen, hasta la última que haya entrado sin aviso en mi mar de fueguitos. Mejor aún: desde María y Paula, abuelas mías (cuánto cuánto cuánto os echo de menos), allá donde estéis, con todo el gggenio y la grandeza de mujer castellana de raza matriarcal, hasta cada pluma que analizo y miro y mido y mastico y dejo volar, igual, hacia el olvido que nunca muere. Si supiérais. Ay, si supiérais. Hoy es el día de recordar hitos cotidianos y hechos legendarios, de salir a gritar a las calles, y, sobre todo, de cantarnos y bailarnos por dentro, bien alto y bien claro, lo vivas que estamos. Si descubriérais verdaderamente lo que hoy os quiero regalar: que me alcance la voz y os hablen mis palabras y os borden bien las mariposas. Que se cuele mi calor más entrañable en vosotras, amigashermanas, en todas y cada una. En mi debilidad, me hacéis fuerte. Gracias por acompañarme en el camino y hacerme mejor. Por soltarme, y por no soltarme. Yo, hoy, paro. Me permito saltar al vacío, ser una loca, confundirme de camino. Yo, hoy, me paro. Me paro, para decir al mundo que no me bajo. Que aquí me quedo, que me lanzo a volar, a mi aire, a mi manera. Cuántas cosas. Mujer soy. Todos los días de mi vida. Que no me voy. Que no nos vamos. Que nos quedamos.
Todo mi amor. Toda mi luz. Todo mi marzo para vosotras, queridas todas las mujeres de mi vida.
Somos islas en un océano sin bordes, sombras en una calle sin luces de bohemia, botas sin espuelas para el trote, cribas de grano en año de mala cosecha. Somos agua de pozo en medio de un tsunami, miedo rojo en la alegría que se fuga y alegría en lo más negro que se queda. Somos lo que otros planearon sin acierto. Somos tan sin sal, tan sin todo, esmerándonos con mimo en parecer lo que hubiéramos querido.
Somos, somos, somos
boca llena,
corazón vacío.
Somos islas en un océano sin bordes donde tocarse no estremece, no consuela, no alivia, no nada. Somos el estorbo, la prisa del pan con penas; donde tocarse es la chispa que prende el doloroso disimulo de creer -soberbia, pero cobardemente- saberlo
OUT: tautologías, medias tintas, miradas de miura, premeditación y alevosía, envidias de bazar, estupendeces y estupideces, amor no-gratis y postres fríos.
IN: bueno y no-breve, lo/s que no se entiende/n, palabras, libertad, simetrías, viajes, fotografías y huellas, canciones a medias y de mitades, colores, nombres y huellas.
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en la pared de enfrente
Las camisetas negras son caries
exceso de almíbar
falta de higiene.
De las verd...