miércoles, 17 de enero de 2018

Una fuga.

Somos islas en un océano sin bordes, sombras en una calle sin luces de bohemia, botas sin espuelas para el trote, cribas de grano en año de mala cosecha. Somos agua de pozo en medio de un tsunami, miedo rojo en la alegría que se fuga y alegría en lo más negro que se queda. Somos lo que otros planearon sin acierto. Somos tan sin sal, tan sin todo, esmerándonos con mimo en parecer lo que hubiéramos querido.

Somos, somos, somos
boca llena,
corazón vacío.

Somos islas en un océano sin bordes donde tocarse no estremece, no consuela, no alivia, no nada. Somos el estorbo, la prisa del pan con penas; donde tocarse es la chispa que prende el doloroso disimulo de creer -soberbia, pero cobardemente- saberlo 
todo.

d.

lunes, 24 de octubre de 2016

Coro.



Ecos formando un coro. Algo aquí no empieza a su hora. Se oye crujir la madera, pero no es el gesto pródigo que espero el que aparece, ni punteos aprendidos de memoria. Faltó poco para las melodías afinadas. Hay un acertijo donde entonces había una llave.

El cielo se encaja en las sienes.

Y la noche.

Dicen que se trata de no pensar. Para que no duela, dicen. Como si acaso te me olvidaras. Cuando con cada letra que trazo acaricio tu ausencia, tremenda y enfermiza manera de sentirte aquí conmigo. Quiero pensar que no te has ido, que sólo es que tienes el don de desaparecerte.

¿De qué lado estás? En las guerras siempre hay que posicionarse.

Esto no
es una postal de vacaciones.


d.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Borrador.


(A propósito de un dibujo de Alberto Ruiz Yesa)


En los bordes se vuelve vergüenza 
la herida.
No hicimos nada. Dejamos
que el miedo les pasara a otros.

El arte es un refugio-pared
donde mirarme,
donde no mirarte.

Y desobedezco al lápiz
que dibuja cómo volver a querer
fijarme en tus ojos,
desenredarte cicatrices,
atenuar el dolor de la existencia 
consciente
que toca las paredes de esta casa.
d.

domingo, 12 de junio de 2016

Pimpilipausa.


Hay demonios que se van con junio.

Cuando la pimpilipausa aletea
el polvo de las últimas flores de agua
y no importan los yugos, y tampoco las promesas,
ni los ojos que no miran a los ojos.

Se deshacen, entonces,
las versiones poliédricas que hipnotizaron las sombras.

Volvemos a volar cometas de paz y de ahora
y la (pequeña) ataraxia pide permiso
para quedarse un rato más a jugar
entre los hilos de los dedos de las manos
que dominan, ahora sí,
el
viento
sur
y las verdades que llegan en verano.
d.


viernes, 3 de junio de 2016

Cristales.




Ése es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía.
(…)
Melancolía, Rubén Darío

El rayo que se cuela.
Qué familiar todo y qué nuevo.
El nudo en el estómago,
el verbo en la garganta,
el alma transmutada
en puño amasado
con sales y miel de otros días,

las ganas de salir corriendo
y, sin embargo, quedarme para siempre
(y, sin embargo, te quiero)
muy quieta;
como para que no encuentren mi escondite
se(s)gado a golpe de dalle estrepitoso y delicado,
como para que no me de-la-ten
y me lleven tierra adentro
donde nada sea como es ahora.

He gestado en mis entrañas
una criatura nueva
que respira, que goza, que se revuelve indomable
llena de pánicos pequeños (pero sin miedo)
procesionando el testigo de una bandera inventada,
erguida sobre conquistas de muchos minutos robados
a otras vidas 
acostumbradas 
a ver pasar
cómo se comparte el hambre en tiempos de guerra.

El cristal no traduce hoy un arcoiris.
El cristal es muralla invisible pero infranqueable
entre
la melancolía
y
las estrategias que tiene el mundo preparadas.

jueves, 7 de abril de 2016

Escaleras azules



Peldaños que adivinan los que somos;
baranda sosteniéndote los miedos;
descanso de unas páginas en blanco.
Geranios apoyados en el piso

(colores en los pétalos de otros);
la bici, sin ruedines, esperando
al niño que lo quiere vivir todo.
El beso en la mirilla de una madre

de dos adolescentes escondidos;
un chelo desafina en el segundo
sonatas de cemento con azúcar.

Silencios que chirrían las noticias:
se miran, con arrugas, a la mesa.
[Hoy...] 
tampoco el molinillo mueve el viento.

sábado, 12 de marzo de 2016

ins-tan-tes.


                                                                                             A Drú.

Los instantes.

I.
Hay que afilarlos.
Desastillarlos
             para que sea limpia 
             la herida;
             para que
                            claven,
                            escuezan,
             lo justo y necesario.
Y entonces
(y sólo entonces)
una palabra
bastará
para sanar(me).

II.
El óxido en la herida,
solsticio y equinoccio
de costuras quebrantadas
por lo dulce
             de mirarse
por lo báquico
             de entenderse
por lo efímero
             de los mapas.
Pasar las yemas de los dedos
leyendo
las eléctricas señales braille de batallas 
siempre 
inacabadas.
Y decir(nos) con escalofrío cálido en los ojos:
"que gane el mejor
o
la alegría".


d.

lunes, 8 de febrero de 2016

Y Dios me hizo mujer.

Y Dios me hizo mujer,
(...) y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
(...) a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días (...)”
Gioconda Belli


El arjé se hizo carne y habitó entre nosotras: (Mírate. Míranos. Miradnos). Debajo del pelo, de los ojos, de la boca, de las curvas, de los pliegues guardamos todos los secretos. Pandora supo enseñarnos bien la copla, el día aquel en que despertamos al mundo
en un bostezo
tras un crujir de tímpanos de miedo.

Luego llegaron ellas.
Safo, Gloria Fuertes, Sor Juana, Alfonsina Storni, Santa Teresa, Silvia Plath, Alejandra Pikarnik, Rosalía de Castro, María Teresa León, Zenobia Camprubí.
Y lo contaron todo.

La tierra vive en nuestras suaves hondonadas y nos habita de accidentes sin evitárnoslos. Somos la ola, la playa, el puerto, las conchas de algas, la arena de estrellas, el bosque de crisantemos que todo lo celebra. Somos el fuego de los ojos de los otros [y masticamos la ceniza], somos el aire que (nos) alivia el cansancio, somos el agua que engrendra el universo
en la palma de una mano que a veces nadie agarra; que se sostiene y se sustenta
sobreviviendo lo terrible
sobrevolando la felicidad eterna de un ciclo
             contingente.

¿Para qué deshojar las margaritas? 
No hace falta comprobar las obviedades.
d.

martes, 2 de febrero de 2016

Hay un faro en mi ventana.


Hay un faro en mi ventana.

No acostumbro yo a estos verdes
de reflejos puntiagudos,
de cimas redondeadas,
de fuegos embarrados por la niebla.

Las cinturas que bailan los viernes
con la lluvia],
los abrazos con los ojos
de los que huyen
-a sabiendas-
de cicatrices-grieta.

Aquí nunca se usan las manos.

Hay un faro en mi ventana
pero no comprendo/no interpreto

a qué náufragos alumbra las raíces.
d.

miércoles, 20 de enero de 2016

Abdicaciones.

"Tómame, oh noche eterna, en tus brazos
y llámame hijo.
Yo soy un rey
que voluntariamente abandoné
mi trono de ensueños y cansancios.
(...)
Desvestí la realeza, cuerpo y alma,
y regresé a la noche antigua y serena
como el paisaje al morir el día".
ABDICACIÓN, Fernando Pessoa



Querido hijo:
Zambúllete en los pliegues del abismo,
heredero del mundo.

Tú, que renaces, cada noche oscura del alma, de savias de árboles con muertes legendarias. Tú, que cada mañana, con un beso en la frente, les cuentas todo lo que nunca le dijiste a tu padre mientras ellos, vástagos durmientes, se tapan la boca para no tragar calimas de nieve.

Tú, que te abandonas voluntarioso a la cellisca. Abrígate, hijo, que la guerra nos deja desnudos y la miseria se agolpa en los resquicios de generaciones que no llegarán a pisar el verde de estas tierras. Espada, brazos, manos, cetro, corona y espuelas, hijo. Bien firmes, que no se nos rompa la esperanza; que no se haga daño la bondad en este hielo que aguillotina
perfecta
mente
pupilas que vigilan y deciden de qué mitologías estamos hechos hombres / mujeres / bestias, de qué mitologías nacimos niños y moriremos niños, también, pero más solos y más tristes y con más frío, hijo.

Le diremos bajito a Caronte que escondemos un óbolo en la manga para un último desvío a lo frágil, a la música callada, al arte de las cábalas serenas --donde a veces fuimos felices--
antes de ser
barro
para nacer de nuevo.

d.