domingo, 17 de enero de 2010

Once balas.

Once balas en su cuerpo que un señor viejo disparó sin piedad cuando estaba en la cama recuperándose de una gripe, o algo parecido. Una iglesia y algunos buenos cristianos de por fuera, dentro, y algunos gritos de falsedad y quejas, fuera (y dentro también). Una cárcel, donde estaba otra ella, en una celda a la que sólo se podía acceder con un paraguas negro amplísimo que evitaba no sé qué ondas para no ser descubierto por las cámaras de seguridad, y ella tenía que salvarla; pero su teléfono móvil no funcionaba. Una y otra vez. Una y otra vez. Las fiestas de su pueblo con fajines coloreados y toros en febrero convertidos en su salvación y su hermano mayor apoyándola como nunca. Seguía teniendo once balas en su cuerpo y dolía. Lo primero que ha hecho al despertarse es ir al espejo y mirar las once balas convertidas ahora en once cicatrices. ¿Alguien explica cómo seguían ahí y por qué aún dolía?
Yo no tengo los originales de nadie, apunto.
d.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta. Parece un "cuento maravilloso" al estilo de los de Hoffmann (por nombrar a uno de los representantes). Pero además de sorpredente y ocurrente, claro, conciso, original...
Lo que no entiendo el la frase del final ¿? O es que no tiene que ver con el relato?
Un saludo

La cónica dijo...

duenda, este texto es una pesadilla...:P
ando perdida, la verdad.

besos

Duenda. dijo...

anónimo: no exactamente aunque fue, en cierta manera, el desencadenante.

laco: precisamente.

saludos!
d.

Lile dijo...

Te escribo... te leo... Besines