miércoles, 4 de diciembre de 2013

Las manos de mi abuela.

Han frotado con agua de río en una tabla de lavar. Han cargado con el cántaro a la fuente. Han cocinado desayunos que olían a patatas fritas y a torreznos. Han recogido huevos del pajar en las sobremesas del verano, justo antes de escoger las pipas del melón que arrojaban a las gallinas. Han secado con brío mi cabeza después de cada baño y me han peinado haciéndome muchos tirones entre los rizos. Han cosido delantales preciosos de camisas viejas o retales que parecían, por lo menos, completamente inservibles. Han salpicado cubos de agua para que el piso estuviera fresquito. Han amasado pan y cocinado, con amor, tartas de chocolate y castañas con anises. Han abrazado, besado, acariciado y consolado. Han preparado infinitos bocadillos de chorizo (y de nocilla). Han mandado callar. Han trabajado muy duro en el campo pasando frío y también mucho calor. Se han cortado y se han curado. Han despedido a miembros de, al menos, tres generaciones. Han hecho picias pequeñas y no tanto. También, muchas otras cosas, (muy) probablemente, maravillosas. Han sobrevivido al paso de los años cada vez en más silencio, cada vez con menos ganas y más miedo, pero siempre incansables en el tejer arácnico de las horas muertas.

Las manos de mi abuela.

d.

FOTOGRAFÍA: Edu Sanz.

2 comentarios:

Xenaro Ovin dijo...

Seguro que han dado sin pedir nada. Y transmitido valores ¿Hoy caducados? O son nuestros nuevos valores caducos. Invisible tela arácnida de presentes inciertos. Quizá miro al mañana con ojos cansados.

duenda. dijo...

xenaro! como abuelo que eres, tú sabrás mejor que yo de qué hablo, de qué hablan las manos y la vida. gracias por tu cariño.

d.