lunes, 13 de junio de 2005

La piel del sol

Estaba cansada. Cansada de nada y de todo, a veces ocurre. Y me fui a dar un paseo sola. Fui hasta el gran paseo para ver el mar. Pero quería más. Y me descalcé porque intuí que pisaba tierra sagrada, y no le pregunté nada a la arena para saber si tenía que quitarme mis zapatos, me los quité y ya. En silencio. Y me quité un zapato y viendo que no quemaba a pesar del sol, me quité el otro zapato. Y como no quemaba me quité un calcetín y luego el otro. Y caminé hasta la orilla. Un paso, y luego otro, y otro... y al principio los contaba, luego ya olvidé el número de pasos, pues noté que lo importante era haber llegado hasta la orilla. En silencio. Y una vez en la orilla me subí el bajo de los vaqueros para no mojarlos, porque quería más. Ya no solo quería ir hasta el final del paseo y pisar la arena. No. Quería sentir el agua cosquilleándome los pies. Estaba fría y eso despertó mis soñolientos sentidos. Ahí estaba yo, de pie, en la orilla, hundida en la arena mojada, con mis zapatos en una mano y mi cantidad de recuerdos en la otra mano. En silencio. Soplaba el viento y me despeinaba los rizos. Olía salado. Olía a mar. Olía a sueños. Algunos rotos, otros a medias, otros mal logrados, otros conseguidos; pero olía a sueños. Y levanté más la cabeza y ví las gaviotas y el cielo con nubes azulado plomizas. Y el sol. En silencio. Y de nuevo me senté y empecé a pensar en el sol. Allí, lejos. Radiante, brillante, regalándome luz y calor y color. Y miré de nuevo mis manos. Con ella había hecho tantas cosas en mi vida: acariciar, palpar, escribir, pintar, tocar la guitarra, entrelazar, aplaudir, pedir atención... pero todo lo que había hecho con ellas había sido construir, después de todo. Y las estudié un rato. En silencio. Y extrañé que alguien me las agarrara con fuerza, o me las repasara dulcemente haciéndome cosquillas, o las sostuviera entre las suyas simplemente haciendo notar su presencia. Lo extrañé, pero supe que había ratos para todo y que esos ratos seguirían, porque seguiría habiendo gente, gracias a Dios, dispuesta a regalarme un ratito de sus manos. En silencio. Intenté con ellas, jugando, tapar el sol. Al principio, guiñando un ojo. Luego el otro. Luego cerré los dos y seguía viendo el sol. Su luz traspasaba incluso mi oscuridad. Y supe que el sol seguiría ahí siempre. Eterno confidente, eterno amigo, eterno compañero de viaje. Pero eterno. Y pensé en cómo serían las manos del sol. Porque las manos tienen piel, y el sol... ¿El sol tendría piel? Algún día me lo contarían o a lo mejor lo descubría yo, quien sabe, la vida es tan sencilla y tan complicada... En silencio. Y pensé en las cosas que me habían hecho daño. Y las arrojé al mar. Bien al fondo, para que el agua azul supiera colocarlas en un lugar, reposando, donde no crecieran ni hicieran más daño. Pero eran bien poquitas, porque había que ir cerrando círculos, claro. En silencio. Y de pronto, me ví sonriendo. Sonriendo porque me dí media vuelta porque escuché mi nombre. Y ahí estaba, esperándome y riéndose de mí a pleno pulmón, porque tenía todos los pantalones mojados y pegoteados de arena, estaba despeinada, y el sol había quemado mi cara pálida. Cogí mis zapatos, llenos de arena y los sacudí con las manos. Y por alguna extraña razón, tropecé con una botella. En silencio. Una botella que tenía un rollito de papel atado con un lazo. Azul, por supuesto. Y lo abrí mientras me decía desde el paseo que me diera prisa. El papelito decía: "¿Cómo es la piel del sol?". Y entonces volví a sonreír. Volví a meter el papel enrrollado en la botella, la puse el corcho de nuevo y la dejé en la orilla, por si las olas, jugando a los mensajes en una botella se la querían llevar de nuevo. En silencio. Volví al paseo y nos dimos un abrazo y un beso en la mejilla. No me preguntó nada, solo sonrió. Yo también sonreí. Y entonces, allí entendí que no siempre las cosas van o salen bien, pero que hay que sonreir. En silencio. Porque siempre habrá alguien esperando a que sonrías. Porque nos seguiremos encontrando paseos solitarios, zapatos y calcetines, pensamientos, cosas que desechar de nuestras vidas, soles y playas, manos y sonrisas. Azules. Personas esperándonos. En silencio. ¿Qué mensaje llevaba tu botella? Schhh!... En silencio. Sonríe. En silencio, que solo tú debes saberlo. Los demás ya lo verán. Brilla. En silencio, que solo tú debes saberlo. Los demás ya lo entenderán.
Rut. En silencio.

2 comentarios:

Victoria dijo...

¡Pero bueno!¡En menudos lios me mete esta niña y a estas horas de la noche, ya entrada la madrugada!
Y todo, porque nos hemos puesto a hablar de la vida y de...la piel del sol.Como quien no quiere la cosa me has lanzado,de improvisto, ese ¿La piel del sol duele? Y yo, con mi tendencia al si y al no unidos, te he contestado con un depende de donde caliente el sol y a quien, pero la intensidad del dolor, si es que el calor del sol en cada vida puede llegara producirlo, depende de cada uno en cierta medida. El sol podría identificarse como el amor, esa luz que hace desaparecer la tiniebla de cada resquicio de nuestra vida dando la serenidad de poder abrir los ojos y pisar firme sin miedo a los obstáculos invisibles por la oscuridad. Pero, aún así, lo bueno, lo bello, el sol, lo que nos da la vida, puede quitarnosla;o, al menos, irnos desprendiendo pedacitos de luminosidad dejando en carne viva la herida de la penunbra.Entonces el calor se vuelve fuego que abrasa, que quema y destruye...que antes era indicio de amor, de demostración porque era vivido desde otra perspectiva; pero que puede convertirse en carencia de felicidad, que puede convertir una realidad en cenizas, en nada, en polvo que queda estancado en cada rincon del mosaico de a historia vivida, pero que nunca volverá a reconocerse. Ahí el sol si quema, destruye, horroriza y nos hace desaparecer...pero de nostros depende el grado de las quemaduras, de nuestra capacidad de resurgir de ellas y seguir siendo una realidad que no carece de un pedazo de sí porque ha sido reemplazado por un pedazo de ese sol, de ese otro que tambien ha proporcionado momentos de felicidad..la oscuridad nunca es completa, siempre podemos ver la oscuridad y para ver precisamos de un pequeño halito de luz...y el sol..puede quemarnos..o puede dorar nuestra piel...

Duenda. dijo...

Y hoy, descubro de dónde viene eso. ¿Cómo es la piel del sol? Hay cosas importantes que no encontramos su verdaderos significado hasta... más de 2 años después.

Para flipar.
Qué grande es la vida.
Una caja de sorpresas, vaya.

d.