martes, 28 de noviembre de 2006

Cucú, pasó un caballero. Cucú, con capa y sombrero.

Y de pronto, paso lento como serpenteando entre la masa urbanita hacia Ninguna Parte. Calzado de charol, limpio y brillante, galante y respetuoso ante el suelo que pisaba despacio: los adoquines de su calle se sentían amenazados por ese caminar decimonónico. Traje de mil rayas identificando la espesura seria de su saber estar. Capa oscura, de paño, mecida por el viento gélido, adquiriendo matices de grandiosidad y de extrañeza. Sombrero coronando su estatua y dejando entrever, por el ala corta, unos ojos maquillados: artificiosamente perfectos. Todos miraban su silueta esbelta y solitaria. Todos se fijaban en la estela del ayer posado, delatado por las suelas desgastadas de unos zapatos usados, como los besos. Todos centrándose en el bulto descolorido y disonante que dibujaba el artista de bigote espeso y alma serena, una tarde de noviembre del siglo XXI.
Todos, a excepción de unos ojos inocentes que se desviaron fugazmente hacia el tesoro escondido en una isla antigua, no anticuada, llamada “bajo el brazo”. Un lienzo descubierto por el índice valiente de un niño colgado de la manga de su padre, joven despistado de la realidad de su pequeño. Y los ojos del niño olieron el arte con la mirada, percibieron lo bohemio con la curiosidad recién levantada al mundo, aún bostezando. Y nunca más esos ojos azulado plomizos, volverían a preguntar por qué hay especialidades dentro de la normalidad simple de los días sucesivos. Lo disfrutarían sin más, en el silencio de los que nunca se enteran.
* * * * * * *
Y de pronto, ahí estaba mi idea.
Pasó un caballero con capa y sombrero.
En fin...
Duenda ;-)

2 comentarios:

tembetá dijo...

Ya ves, las realidades extrañas fuera de su entorno están por todas partes, nos cruzamos con ellas por las calles y ni nos enteramos...

En este caso, querida, andabas tú con otros ojos, casi buscando sin querer, y apareció el pingüino en la ciudad, el asteroide en la nevera, el caballero de capa y sombrero, una tarde de Noviembre del siglo XXI.

Un beso.

Duenda dijo...

Desde luego, están por todas partes, como dices. Algunos somos buscadores de icebergs en verano y nos llaman soñadores o bohemios baratos. Me da igual.

Casi siempre con mi cámara a cuestas. Casi siempre, claro. Y el hombre de capa y sombrero pasó de largo y no hay fotografía.

Pero no me canso de rascar en la rutina, aunque a veces me proteste con un "Sigue buscando".

Nos han contado que en vuestra ciudad hay un poema fragmentado en distintas paredes. Habrá que ir a encontrarlo ;-)

¿Sabes? Hoy tenemos una llovizna a la que se le antoja disfrazarse de orbayu. Pero no cuela, ni punto de comparación.

Gracias por el besote, lo recibo encantada. Entiendo, entiendo, jajaja.

Anda, vuelve a la charca ;-p